De todas las calles que he habitado la Vicente Ramón Roca es la que me trae más recuerdos. No puede haber calle más anodina sin embargo. Aparte de la embajada rusa, acaso su ícono más destacado, y el almacén El Globo con sus perchas pobres a la altura de la 10 de Agosto, la Roca no es más que una sucesión de tiendas, restaurancillos y kioscos pasablemente aseada pero sin mayor interés.
Comencé a vivir allí en 1986. En aquellos años era capaz de recorrerla de un extremo a otro en cinco minutos, entre el local del partido en el edifico Epsilon en la 10 de Agosto y el aula de la facultad de jurisprudencia donde tenía clases, en la 12 de Octubre. Una y otra vez, a veces dos o tres veces diarias, en los tiempos de mayor intensidad de la vida partidaria. Ustedes probablemente no sepan lo absorbente que podía llegar a ser la militancia en uno de esos partidos de leyenda que todavía honraban la tradición leninista en los años ochenta. Años después, sentado en la consulta del psicólogo tuve que admitir el vacío que me había dejado el fin de todo aquello. Y no me refiero a la caida del muro, sino a la desaparición de ese gregarismo lírico y fraterno que me cobijó tantos años. La calle Roca es el único vestigio urbano que me queda de ese tiempo vagabundo.
Fue en la intersección de Roca con 6 de Diciembre donde aprendí a tomar el bus al vuelo, una habilidad que era entonces indispensable para vivir dignamente en Quito y en la que llegué a ser diestro. Me acompañó por mucho tiempo el gesto avergonzado de un hombre que una vez no consiguió embarcarse en una de esas busetas de chatarra que poblaban la 6 de Diciembre. Se retrataron en ese hombre, que terminó su viaje cuatro pasos más allá del bordillo donde había tomado impulso para su errado brinco, todas las derrotas cursis que a veces nos ocurren en la intemperie, que nos hacen sentir al mismo tiempo inermes y absurdos, y que por alguna razón nos acompañan y perturban a lo largo de muchos años.
Esa razón no es otra cosa que nuestra frágil autoestima.
Ahora he vuelto a la calle Roca de la mano de Mateo. Pocas cosas han cambiado. Siguen allí los mismos restaurancillos estoicos donde almuerzan los burócratas y los estudiantes, y todos conservan su aire decadente. El local de Las Menestras del Negro que ahora han abierto a pocos pasos de la 6 de Diciembre reproduce también esa decadencia cargada de aroma de frituras en locales estrechos a cuyas puertas mendigan mujeres y niños indígenas. Esperamos con Mateo el pedido de menestras en la puerta del local. El mira la escena, el hombre del churrasco, las familias que han ordenado un combo dominguero, las parejas que aman el sabor local, el ámbito congestionado y caluroso de la cocina, el trajín de los empleados, sus delantales grasientos, los mendigos.
Más allá, en la tienda, le compro un huevo Kinder para el postre.
En Roca y Plaza una vez me embistió un viejo y robusto Mercedes Benz conducido por un gringo que había sorteado hasta entonces con suerte su creciente falta de reflejos, resultado de una larga e inocultable ancianidad. Mi carro quedó maltrecho, pero lo que nos ocupó a todos en esos primeros minutos fue el estado de nervios del gringo. Lo vi tan mal que lo traje a casa y le permití usar el teléfono para que comunicara la desgracia a sus hijos y a su esposa. Así lo hizo. Hablaba con un pesado acento y se comunicaba con total indiferencia de los demás. Cuando habló con su mujer alcancé a oir los destemplados alaridos que le llegaban por el auricular. La señora, claro, había preguntado por el estado del Mercedes Benz antes que por la salud del esposo. El hombre colgó, tomó un poco de agua y me dijo: "a-ho-ra vie-ne lo pe-or".
Así esperamos la llegada de la señora, cavilando nuestra mutua desgracia y mirando por el balcón la insignficante magulladura de su Mercedes. Para mí empezaba un fastidio de algo más de un año, el que me tomó conseguir que la señora pague los daños de mi carro, pero para él empezaba el último y probablemente peor trecho de su vida. Sin el Mercedes y con esa adusta señora convertida en su chófer.
Y así, sucesivamente.
Ahora la he dejado otra vez. Pero no del todo. Sin mucho esfuerzo vuelve a entrar en mi rutina. Desde hace unos días me acerco al norte con mi hermana, que me deja en el estacionamiento de su oficina, y desde allí camino a mi trabajo. Por pura afinidad pedestre elijo la Roca para avanzar en dirección al oriente. O sino, tomo la Ecovía (ese dechado de modernidad que hoy distingue a esa avenida larga y tediosa llamada 6 de Diciembre) y me bajo en la mal llamada parada Galo Plaza. Digo mal llamada porque no encuentro una explicación razonable que no sea la adulación post-mortem para que esa parada se llame Galo Plaza si queda en la intersección de Roca y 6 de Diciembre. Para empezar Galo Plaza ni siquiera vivió allí, sino tres cuadras más al norte. Para mí esa parada es la parada Vicente Ramón Roca y no Galo Plaza. Indiferente a la injusticia cometida por la EMSAT contra la calle Roca, dejo el andén, espero mi turno frente al semáforo peatonal, y la cruzo fugazmente en dirección a la Veintimilla. Ya volveré.