In memoriam

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viernes 13 de febrero de 2009

Infidencias de un protozoario

A mediados del año pasado un amigo protozoario de Alianza País me describió la situación al interior de su movimiento. Reproduzco aquí el gráfico, escrito en el reverso del boarding pass de ICARO, que tuve el cuidado de conservar:


En el núcleo de este “óvulo” estaban el presidente Rafael Correa, Ricardo Patiño y Vinicio Alvarado. En la membrana nuclear está representado por un punto negro Alexis Mera, el asesor jurídico de la presidencia. En el citoplasma había dos ribosomas, Fernando Bustamante y Gustavo Larrea. Los pequeños espermatozoides que tratan de entrar son Fernando Cordero, Augusto Barrera y una infinidad más no identificada. Finalmente, cual enzima solitaria, en una esquina del gráfico descansa Alberto Acosta.

Las cosas han cambiado. Uno de los ribosomas resultó ser en realidad un virus y fue extinguido por una vacuna fulminante difundida en televisión a cargo del infectólogo Chauvín. El otro, dejó Carondelet por el balcón proselitista. El citoplasma está, pues, despejado. ¿Quién entrará a ocupar sus lugares? ¿Quién fecundará el óvulo?

Preguntaré a mi amigo protozoario.

Lo que no ha cambiado es la inocua quietud de la enzima.

Me pregunto también quienes serán los espermatozoides sin cola de más arriba.

El hijo del jardinero

El hijo del jardinero, de doce años, entró al colegio en abril. Hace dos años había terminado la primaria pero después el papá lo había puesto a trabajar. Al cabo de un año, la insistencia de la señora hizo reflexionar al jardinero, y el niño continuó su educación, fue matriculado en el primer curso. Pasaron pocas semanas hasta que el muchacho decidió comprarse un celular de 184 dólares aprovechando la oferta que le permitía pagarlo en veinticuatro “cuotitas” de siete dólares. Abandonó el colegio para trabajar. Su meta es del todo alcanzable: se ha propuesto terminar de pagar el celular.

(30.05.08)

Cena

He venido a cenar a casa de mi hermana. Despedimos a dos amigos que acaban de pasar unas vacaciones en el país. Ahora regresan a Sevilla, donde uno trabaja y el otro estudia. Pocos días antes de venir se habían casado en una pequeña jurisdicción de Andalucía. El alcalde del pueblo, a quien la circunstancia de celebrar por primera vez un matrimonio homosexual tenía un poco nervioso, les dio un sermón sobre la necesidad del diálogo y la aceptación del otro. Después brindaron. Miguel se ríe cuando recuerda que algunos de los empleados municipales lloraron de la emoción. La fiesta fue en el campo. Miguel, español, y Víctor, ecuatoriano, dicen que ahora van a ir al consulado ecuatoriano a tratar de inscribir su matrimonio. Les digo que el cónsul no lo podrá reconocer porque la ley ecuatoriana no admite el matrimonio homosexual, pero a Miguel no le importa. Está decidido a darse el gusto de fregar la paciencia del cónsul en un acto que considera a la vez necio y necesario.

La conversación deriva en el trabajo de Miguel como guía penitenciario. Dice que lo lleva bien, tiene un horario especial que le permite tener libres varios días en el mes, y le ha tocado una prisión tranquila donde no hay mayores conflictos. Nos cuenta que está tratando de conseguir su transferencia a un “piso” o “apartamento prisión”, donde los convictos cumplen las penas de semi-libertad. En un departamento de varias habitaciones conviven varios detenidos y los correspondientes guías penitenciarios. Los internos salen a trabajar, hacen su vida en la ciudad, y después, por la noche, vienen a dormir en una cárcel que más parece un hotel. Todos quedamos sorprendidos. Le pregunto desde cuándo existe este sistema y me responde con toda naturalidad que desde hace más de veinticinco años, cuando la Constitución española estableció que el sistema penitenciario tiene como propósito la rehabilitación y reincorporación de los reclusos a la sociedad.

No le digo que nuestra Constitución desde 1978 dice lo mismo.

“¡A los que están locos de remate, claro, los mandamos a un psiquiátrico!”, me dice. Entonces le pregunto si él es partidario de la desaparición de la cárcel y me dice que por supuesto. Igual que yo. Nos entregamos entonces a una conversación sobre el absurdo que en nuestro criterio constituye la institución carcelaria y seguimos así, conversando, hasta que un poco en broma y un poco en serio nos ponemos a alabar cuánto ha avanzado España.

Bueno, si no hubiese regresado el absolutismo en 1813, y hubiera seguido vigente la Constitución de Cádiz, seguiríamos siendo un mismo país, me dice Miguel. Recordamos entonces aquella primera constitución iberoamericana que reconoció la igualdad entre criollos y peninsulares y estableció por primera vez en nuestra historia las garantías de las personas. Seríamos entonces, de pleno derecho, europeos, ¿no? Pues, sí.

(12.06.08)

viernes 19 de diciembre de 2008

De gran Sheriff a Padre de la Patria

Un link a mi post del 5 de julio de 2005 sobre la fotografía censurada de Marco Sandoval. Ir a: http://edocmanolo.blogspot.com/2005/07/de-gran-sheriff-padre-de-la-patria.html

sábado 22 de noviembre de 2008

Desvaríos en la calle Roca

De todas las calles que he habitado la Vicente Ramón Roca es la que me trae más recuerdos. No puede haber calle más anodina sin embargo. Aparte de la embajada rusa, acaso su ícono más destacado, y el almacén El Globo con sus perchas pobres a la altura de la 10 de Agosto, la Roca no es más que una sucesión de tiendas, restaurancillos y kioscos pasablemente aseada pero sin mayor interés.

Comencé a vivir allí en 1986. En aquellos años era capaz de recorrerla de un extremo a otro en cinco minutos, entre el local del partido en el edifico Epsilon en la 10 de Agosto y el aula de la facultad de jurisprudencia donde tenía clases, en la 12 de Octubre. Una y otra vez, a veces dos o tres veces diarias, en los tiempos de mayor intensidad de la vida partidaria. Ustedes probablemente no sepan lo absorbente que podía llegar a ser la militancia en uno de esos partidos de leyenda que todavía honraban la tradición leninista en los años ochenta. Años después, sentado en la consulta del psicólogo tuve que admitir el vacío que me había dejado el fin de todo aquello. Y no me refiero a la caida del muro, sino a la desaparición de ese gregarismo lírico y fraterno que me cobijó tantos años. La calle Roca es el único vestigio urbano que me queda de ese tiempo vagabundo.

Fue en la intersección de Roca con 6 de Diciembre donde aprendí a tomar el bus al vuelo, una habilidad que era entonces indispensable para vivir dignamente en Quito y en la que llegué a ser diestro. Me acompañó por mucho tiempo el gesto avergonzado de un hombre que una vez no consiguió embarcarse en una de esas busetas de chatarra que poblaban la 6 de Diciembre. Se retrataron en ese hombre, que terminó su viaje cuatro pasos más allá del bordillo donde había tomado impulso para su errado brinco, todas las derrotas cursis que a veces nos ocurren en la intemperie, que nos hacen sentir al mismo tiempo inermes y absurdos, y que por alguna razón nos acompañan y perturban a lo largo de muchos años.

Esa razón no es otra cosa que nuestra frágil autoestima.

Ahora he vuelto a la calle Roca de la mano de Mateo. Pocas cosas han cambiado. Siguen allí los mismos restaurancillos estoicos donde almuerzan los burócratas y los estudiantes, y todos conservan su aire decadente. El local de Las Menestras del Negro que ahora han abierto a pocos pasos de la 6 de Diciembre reproduce también esa decadencia cargada de aroma de frituras en locales estrechos a cuyas puertas mendigan mujeres y niños indígenas. Esperamos con Mateo el pedido de menestras en la puerta del local. El mira la escena, el hombre del churrasco, las familias que han ordenado un combo dominguero, las parejas que aman el sabor local, el ámbito congestionado y caluroso de la cocina, el trajín de los empleados, sus delantales grasientos, los mendigos.

Más allá, en la tienda, le compro un huevo Kinder para el postre.

En Roca y Plaza una vez me embistió un viejo y robusto Mercedes Benz conducido por un gringo que había sorteado hasta entonces con suerte su creciente falta de reflejos, resultado de una larga e inocultable ancianidad. Mi carro quedó maltrecho, pero lo que nos ocupó a todos en esos primeros minutos fue el estado de nervios del gringo. Lo vi tan mal que lo traje a casa y le permití usar el teléfono para que comunicara la desgracia a sus hijos y a su esposa. Así lo hizo. Hablaba con un pesado acento y se comunicaba con total indiferencia de los demás. Cuando habló con su mujer alcancé a oir los destemplados alaridos que le llegaban por el auricular. La señora, claro, había preguntado por el estado del Mercedes Benz antes que por la salud del esposo. El hombre colgó, tomó un poco de agua y me dijo: "a-ho-ra vie-ne lo pe-or".

Así esperamos la llegada de la señora, cavilando nuestra mutua desgracia y mirando por el balcón la insignficante magulladura de su Mercedes. Para mí empezaba un fastidio de algo más de un año, el que me tomó conseguir que la señora pague los daños de mi carro, pero para él empezaba el último y probablemente peor trecho de su vida. Sin el Mercedes y con esa adusta señora convertida en su chófer.

Y así, sucesivamente.

Ahora la he dejado otra vez. Pero no del todo. Sin mucho esfuerzo vuelve a entrar en mi rutina. Desde hace unos días me acerco al norte con mi hermana, que me deja en el estacionamiento de su oficina, y desde allí camino a mi trabajo. Por pura afinidad pedestre elijo la Roca para avanzar en dirección al oriente. O sino, tomo la Ecovía (ese dechado de modernidad que hoy distingue a esa avenida larga y tediosa llamada 6 de Diciembre) y me bajo en la mal llamada parada Galo Plaza. Digo mal llamada porque no encuentro una explicación razonable que no sea la adulación post-mortem para que esa parada se llame Galo Plaza si queda en la intersección de Roca y 6 de Diciembre. Para empezar Galo Plaza ni siquiera vivió allí, sino tres cuadras más al norte. Para mí esa parada es la parada Vicente Ramón Roca y no Galo Plaza. Indiferente a la injusticia cometida por la EMSAT contra la calle Roca, dejo el andén, espero mi turno frente al semáforo peatonal, y la cruzo fugazmente en dirección a la Veintimilla. Ya volveré.

jueves 20 de noviembre de 2008

Avi Mograbi, los EDOC y la ocupación israelí de Palestina

Es probable que el documentalista israelí Avi Mograbi sea uno de los invitados de la octava edición de los EDOC en mayo del 2009. Es una buena noticia. Descubrimos la obra de Mograbi gracias a la retrospectiva de cine documental israelí que preparó María Campaña en la edición 2005 del festival. Ilustro con algunos fragmentos de sus filmes la barra de video del blog de este día. Hace poco llegó a nuestro buzón postal el dvd de su último filme, "Z32" (aquí la reseña de El País después de su estreno en Venecia), que estrenaremos con subtítulos en español en mayo, y renovamos nuestra devoción a su talento. Y a su ética.
Hace poco, Avi hizo llegar a María una comunicación circular, en inglés, que María reproduce en el último post de su blog. La comunicación refiere que la muchacha israelí Raz Bar-David Varon fue sentenciada el pasado 3 de noviembre a 21 días de prisión militar por su rechazo a cumplir el servicio militar de su país por razones de conciencia. Sahar Vardi, la compañera que la acompañó cuando se presentó en la base militar, fue sentenciada por su parte a una tercera condena de 21 días por la misma razón. Ambas habían suscrito la carta de rechazo del servicio militar de los bachilleres del 2008.

En una breve declaración hecha el día de su arresto, Raz dijo:
Me voy a negar a cumplir el servicio militar en el ejército de Israel el día de hoy. He sido testigo de cómo este ejército ha demolido, ha disparado y ha humillado a personas que yo no conocía pero a quienes he aprendido a respetar al ver cómo han bregado con estos horrores a diario. La realidad es compleja, lo sé. Existe la historia, la política, los políticos, las fronteras, las banderas. Se supone que el ejército tiene una buena razón para hacer todo eso. Se supone que esa razón es mi propia defensa. Me dan ganas de gritar: "¡Esto no me defiende! ¡estas cosas me hieren!" Me hiere que otras personas, los palestinos, sean tan brutalmente atacados, y me hiere cuando más tarde ellos devuelven su ira contra mi debido a ello. Yo no nací para prestar servicio como un soldado de ocupación, y la lucha contra la ocupación también es mía. Es una lucha por la esperanza, por una realidad que a veces luce muy lejana. Tengo una responsabilidad por esta sociedad. Mi responsabilidad es decir no.
El mensaje publica la dirección penitenciaria de estas dos muchachas con la advertencia de que, puesto que en ocasiones las autoridades bloquean el correo que les llega, conviene mandar una copia de los mensajes de solidaridad al siguiente e-mail shministim@gmail.com, cuyo destinatario los imprimirá y se los entregará cuando los visite.

El mensaje recomienda también mandar cartas a las embajadas de Israel en cada país y a los medios de comunicación demandando la liberación de las objetoras de conciencia Sahar Vardi y Raz Bar-David Varon con la precisión de que "la detención de objetores de conciencia es una violación de la ley internacional y de elementales derechos humanos y principios morales, más aun cuando la misma persona es condenada repetidamente por persistir en sus convicciones."

Aquí una entrevista en español a Avi Mograbi sobre su último filme.